¿Qué hay del arrepentimiento?, es decir, ¿hasta dónde llega el dolor que nos produce?
El remordimiento nunca nace de lo inevitable.
Por qué motivo, después de haber elegido la respuesta, calculado su poder de devastación, reconocida la diana y escuchado la súplica de no tirar a dar de nuevo, nos empeñamos en inflarla, en agregarle adjetivos y adverbios, en convertir el puñal de frase en cañón de párrafo, haciendo una nueva avanzadilla cruel y abusiva sobre la retaguardia ya dañada de la persona a la que amas, esa que ha pedido mil veces y una más que parases porque se sentía caer.
Es porque el amor nos hace poderosos. Es porque hay niveles en la ambición y a veces el sabernos con poder se muestra como algo más atractivo que la propia felicidad, algo que debiera estar en la cúspide. Por eso, no es bueno para nadie saber que tiene potestad para hacerle daño a otra persona, porque puede olvidar que la ama y que sin ella tendría que luchar mucho para sentirse otra vez afortunado.
Es una muestra más de que el amor es un arma de doble filo que puede clavarse en las lágrimas de ella, así como en tu conciencia.