lunes, 15 de febrero de 2010

La tranquilidad de sentirse amado.

Hoy, como sabréis, ha sido 'San Valentín' o 'El día de los enamorados' (me gusta más la segunda forma). He pasado el día entero con mi pareja, no haciendo algo realmente especial pero si que ha sido distinto. La comida estaba igual de buena (cocino yo, como siempre), pero el postre era una tarta con forma de corazón. Y como esta, pequeñas variaciones de lo común que tampoco voy a contar aquí para que no parezca esto un reality.

El caso es que no estoy muy a favor de darle verdadera importancia a estas celebraciones pero, como con otras muchas otras costumbres, he terminado por aceptarlas y participar en cada una de ellas en el grado en que me interesen individualmente y dependiendo de las circunstancias, sin hacer un juicio de ellas de forma global.

Lo que más me ha sorprendido es el enorme conjunto de detractores que tiene este día en particular y, sobre todo, en la gran cantidad de tiempo que emplean para criticarla y menospreciar a quien participa de ellas. De esas críticas he sacado  en claro que una persona que le demuestra amor a su pareja en un día como hoy es poco inteligente y, paradójicamente, no está realmente enamorado de ella. Un dato estadístico que no tiene porqué señalar nada en absoluto pero que para mi es bastante significativo es el hecho de que la mayoría de los críticos son personas actualmente solteras o que han tenido un gran desengaño amoroso. Lo bueno de tener pareja es que todo esto lo tomas de una forma mucho más relajada y lo ves como un juego, algo más con lo que divertirte y no una obligación que estipula cuánto quieres a la otra persona en realidad. Es otro punto de vista.

No obstante, estoy de acuerdo con ellos en que es algo verdaderamente absurdo magnificar los sentimientos en este día y olvidarse de ellos el resto del año, aunque lo segundo no suele pasar tanto como dicen. Otra cosa que comparto es que no considero que hoy sea un día para hacer algo excesivamente especial, sobre todo porque el componente de sorpresa estaría reducido al máximo y eso son puntos que puedes ganar cualquier otro día y con el mismo esfuerzo.

Sin embargo mi opinión es que, independientemente del resto de los días del año, ¿por qué no hoy, qué tiene de malo? Cualquier día es perfecto para hacer feliz a alguien y como en Navidad, sacamos conclusiones negativas de unas fechas que aportan multitud de cosas positivas, sin dejar de recordar que sería bueno que ese espíritu se mantuviera durante todo el tiempo y no en días señalados. Pero el caso es que, con la cantidad de costumbres sin sentido que hay en este mundo, esta me parece una totalmente aceptable, sobre todo porque cada uno tiene la posibilidad de adecuarla a su forma de vida, ya que no está estipulado en ningún sitio cómo debe de celebrarse, ni tiene que ver con ningún rito religioso o algo por el estilo. Hay muchas cosas que poseen mención especial durante el año, así que no podía faltar el amor entre ellas.

Sobre el uso que hacen los comercios de esta festividad a través de los reclamos publicitarios no voy a perder mucho tiempo: parto de la base de que todo lo que sea susceptible de ser tenido en cuenta por la raza humana no escapa ni por un segundo a un posible negocio de ello, así funcionan las cosas. Por otra parte, el Día de San Valentín se celebra desde el siglo XIV y El Corte Inglés se fundó en 1940, para los que dicen que lo segundo fue precursor de lo primero, quizás en 'Perdidos', pero en la vida real imposible.

En resumen, pienso que este día tiene lo bonito y lo absurdo de cualquier otra  fecha señalada en el calendario. ¿De verdad eres capaz de borrarte de todas?

miércoles, 10 de febrero de 2010

Da Capo.

Lo que más detesto a la hora de escribir algo no es buscar el tema a tratar, darle forma, elegir el vocabulario o el hecho de no encontrar sinónimos para así evitar repetirme. Tampoco me molesta demasiado pensar en las personas que lo van a leer y en el efecto que tendrá sobre ellas. Soy demasiado orgulloso para detenerme en eso. Sin embargo, lo que menos me gusta, lo que más desasosiego me produce y más insatisfacción me provoca es decidir cuándo el texto está terminado.
Casi nunca escribo de principio a fin, sin detenerme. No sé si otros lo hacen, supongo que es algo que admiraría. Suelo pararme a veces, retocar algunas cosas, borrar otras, añadir varias. Nunca quedo contento. Es algo que de verdad me quita las ganas de escribir. Nunca el empezar, sino el terminar.
Creo que esto pasa en todos los tipos de arte (y no quiero decir con esto que se pueda calificar de arte lo que escribo, ni mucho menos), así como a todo el que no es de verdad un genio, pero cuándo decides que el cuadro no necesita otro retoque, un tono más suave, menos luz, más fuerza; cuándo la armonía está suficientemente definida, cuándo empieza a estar sobrecargada de excesivas notas; cuándo la nariz de una escultura es lo realmente perfecta, sin ser demasiado grande, pero sin quedar ridícula…
Supongo que es por esto por lo que me siento cómodo con las matemáticas, con su seguridad. Las reglas son las reglas, deben cumplirse y a veces limitan la creatividad e incluso el ingenio pero, además, sirven de guía para no andar dando palos de ciego y te dan la satisfacción de saber que has hecho lo correcto y que lo has hecho bien, cosas que, sin ser la misma, son igual de importantes.
Estoy totalmente convencido de que la mejor forma de vida es la que se basa en unos criterios sólidos aunque flexibles, cimentados en el orden y la coherencia, pero que dejan siempre una puerta, una ventana al menos, por la que entra esa bocanada de aire fresco que rescata del aturdimiento cuando más se necesita, ya sea en forma de música, pintura, literatura o cualquier otro modo de expresar los sentimientos.

viernes, 5 de febrero de 2010

La mala educación.

"Voy a empezar a comer ya, que tengo mucha hambre". Es decir, soy el monstruo de las galletas y no puedo esperar ni dos minutos más a que traigan tu plato. Si no dijeras siempre lo mismo cada vez que vamos a comer...
¿Tan difícil es ser medianamente educado? Tampoco hay que pasarse de elitista y hacer sentir a los demás culpables por ser uno excesivamente tiquismiquis en cuanto a los modales, pero de verdad, ¿tanto cuesta cumplir unos mínimos?
Si estoy en el ascensor y voy a salir, ¿por qué tienes la necesidad imperiosa de entrar mientras estoy saliendo? ¿No puedes esperar cinco segundos?
Cada vez que voy a alzar la voz durante una clase en la universidad le doy mil vueltas a la manera en la que voy a dirigirme al profesor, ¿por qué los demás preguntan como si estuvieran hablando con su hermano menor, exigiendo?, y lo que es peor, ¿por qué el profesor no me corresponde con una respuesta respetuosa?
¿Por qué no sujetas la puerta cuando voy a entrar detrás, en vez de dejar que me pegue en las narices?
¿Por qué llegas tarde? Cuando llego tarde a un sitio tengo la sensación de estar robándole tiempo a la persona con la que he quedado. Y si vas a llegar tarde, ¿por qué no avisas? No va a cambiar el hecho del retraso pero, al menos, no me pasaré la media hora siguiente pensando que eres un hijo de la gran puta.
¿Por qué me interrumpes cuando estoy hablando? ¿Qué necesidad tienes de conversar con alguien si no tienes ni el más mínimo interés en escuchar lo que la otra persona quiere decir? Sólo hablas con la gente para escucharte, ni siquiera para que te escuchen y mucho menos para escucharlas tú.
¿Por qué no me devuelves el dinero que me debes por iniciativa propia en lugar de ponerme en el terrible compromiso de tener que pedírtelo una y otra vez, haciendo que al final yo me sienta culpable por ser tan exigente?

Todas estas preguntas y algunas más por el estilo no encuentran, a día de hoy, respuestas para muchas personas que por no tener la desvergüenza de creer que todo da igual, tienen que sufrir en cada momento a seres que les hacen la vida un poco más desagradable, si cabe.

Decir 'gracias' no cuesta nada y, a menudo, hace sentir más agradecido al que las recibe que al que las da, así que muchas gracias a todos por dedicar parte de vuestro tiempo a leer este blog. 

lunes, 1 de febrero de 2010

Marco Aurelio y Cómodo.

Extracto de la película Gladiator (Ridley Scot, año 2000). Diálogo entre el César, Marco Aurelio, y su hijo Cómodo.

- ¿Estás dispuesto a cumplir tu obligación para con Roma?
- Si, padre.
- No vas a ser Emperador.
- ¿Qué hombre mayor y más sabio ocupará mi lugar?
- Mis poderes pasarán a Máximo. Les serán confiados hasta que el Senado esté preparado para volver a gobernar. Roma será una república de nuevo.
- Máximo...
- Sí. ¿Mi decisión te decepciona?
- Una vez me escribiste enumerando las cuatro grandes virtudes: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Constaté que no tenía ninguna de ellas; sin embargo poseo otras virtudes: ambición, se convierte en virtud si nos conduce al éxito; ingenio, valor, tal vez no en el campo de batalla, pero hay muchas formas de valor; devoción a mi familia... y a ti. Ninguna de mis virtudes figuraban en tu lista, incluso parecía que no me desearas como hijo.
- Oh Cómodo, vas demasiado lejos.
- Escudriño el rostro de los dioses buscando el modo de complacerte, de llenarte de orgullo. Una palabra amable, un fuerte abrazo, tus brazos apretándome con fuerza contra tu pecho... Habría sido como tener el sol en mi corazón mil años. ¿Qué hay en mi que tanto odias?
- Shh, Cómodo.
- Lo único que siempre quise fue estar a tu altura, César, padre.
- Cómodo, tus defectos como hijo son mi fracaso como padre. Ven.
- Padre... Arrasaría el mundo entero para que tú me amases.