miércoles, 30 de diciembre de 2009

Año Nuevo.

Cada año, cuando se termina, me doy cuenta de que he cambiado alguna de los razonamientos que sustentaban alguna de mis pequeñas o grandes costumbres. Supongo que es un síntoma claro de desarrollo, de madurez. No es que crea que sea propio de la madurez cambiar la forma de pensar de un año para otro, de hecho, pienso que una persona madura y razonable debería tener unos principios básicos inalterables con el paso del tiempo, algo que lo defina y lo identifique con respecto a los demás. Sin embargo, hay pequeñas cabezonerías, de mayor o menor importancia, que uno toma como bandera en un momento dado y que luego en realidad no son para tanto:

El año pasado decidí, tras muchas navidades después, volver a comerme las llamadas 'doce uvas de la suerte'. Me sigue pareciendo una costumbre estúpida y sin sentido, que no vale para nada y que hacemos porque si, sin darle más vueltas. El caso es que, joder, a mi padre le tocaba los huevos que yo me hiciera el interesante siempre en ese momento, que mi madre me preparara las uvas y que yo dijera: 'No pienso comérmelas, me parece una estupidez y no lo voy a hacer'. Ahora me las como y todos tan contentos.

Este año, sin embargo, ha cambiado mi postura en un tema no tan trivial como el de las uvas: el voto en blanco. He tenido conversaciones interminables (y 'noexajero') acerca de esto. De todos es conocido mi argumento de si fueras pianista y tuvieras que elegir entre que te corten los brazos o las piernas, cuál elegirías, por mucho que te jodan las dos opciones. Pienso que dramatizaba demasiado, está visto que siempre no hay donde elegir y, quién sabe, a lo mejor en las próximas elecciones voto en blanco. No lo considero realmente un método efectivo de protesta contra los que se presentan porque, obviamente, nunca llega la sangre al río, pero, al menos, no me sentiré un gilipollas por haber votado a un conjunto de ineptos. A veces, escucho a mi hermana hablando de política y pienso que tiene más sentido común que muchos de los que nos representan.

En fin, a ver en qué cambiaré este año nuevo; supongo que seguir sorprendiéndome es uno de los motivos por los que tengo tantas ganas de empezarlo.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Nostalgia.

La nostalgia abre las alas, nos envuelve y nos susurra, nos mece con suavidad, haciéndonos sentir débiles y asustadizos. Es la antesala de la tristeza. Siempre nos entristecemos por algo que ya no tenemos, y la nostaliga es el primer recuerdo de lo que falta. Por eso nos asustamos, porque sabemos lo que viene después, sabemos que lo pasaremos mal. Quizás, también por eso, la nostalgia es dulce y llevadera, porque, pese a todo, el recuerdo es tan vívido que aún forma parte de nosotros.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Las claves del éxito.

Esta noche ha ocurrido algo que me ha hecho reflexionar sobre la importancia que tienen las personas de tu alrededor a la hora de triunfar en alguna faceta de la vida. Me explico:

Cabría pensar, si analizamos el tema en profundidad, que la base principal sobre la que se sustenta el éxito de una persona, ya sea social o laboral, es la propia capacidad del sujeto y sus medios. Sin embargo, y sin restarle importancia, creo que esto es tan valioso como el conjunto de personas que van a ser conscientes de la empresa en la que has destacado de alguna forma. Cincuenta cincuenta, diría yo.

En primer lugar, es importante que la sociedad sepa reconocer y valorar correctamente el hecho: alguien a quien le de igual el fútbol no reconocería la habilidad de Zidane, por ejemplo, o alguien que no sepa leer, difícilmente alcanzará a valorar el éxito o no de una obra literaria. Hasta ahí, correcto. El problema viene cuando además de que la gente sepa separar lo común de lo extraordinario, necesitas que ésta tenga a bien admitirlo de forma pública y no lo obvie o le reste mérito simplemente por no tener afinidad contigo. Esto suele pasar y es un error.

En segundo lugar, es imprescindible, en caso de que dependas de otras personas para acometer la hazaña, que éstas sean a su vez triunfadoras, y tengan la habilidad de analizar su lugar en el proceso, la capacidad para realizar bien su trabajo y el reconocimiento correspondiente del resto de compañeros y personas externas a la labor. Si en un grupo de trabajo te rodeas de gente inepta, poco trabajadora, o no comprometida con tu proyecto y tu persona, probablemente no te irán tan bien las cosas como cabría prever por tu capacidad potencial.

Hay, por tanto, demasiados factores externos a la propia persona que se quiere triunfadora y es por esto por lo que se debe valorar tanto el éxito en cualquier evento.

En definitiva, no basta con tener una habilidad especial, sino que hay que saber hacer que la valoren sin ofender o menospreciar a nadie que no la posea, rodeándote además de gente que no frene tus éxitos o que puedan tirar por tierra lo que hayas conseguido. Difícil.